Pau se sale con los Lakers

5 Marzo, 2008

Buen partido de nuevo de Los Angeles Lakers esta noche ante un rival menor pero siempre peligroso como es Sacramento Kings, a los que han derrotado por 117-05. Pau Gasol ha batido su récord de anotación con el equipo de la Fiebre Amarilla, marchándose hasta los 31 puntos. El Nen de Sant Boi ha hecho un partido bastante completito, añadiendo a su línea de estadísticas 10 rebotes, 4 asistencias, 3 tapones y 2 robos, además de unos porcentajes ciertamente impresionantes: 66% (10/15) en tiros de campo y 84% en tiros libres, y tirando muchos (11/13). Kobe también se marchó a los 34 chicharros (17 de ellos en el último cuarto), y es que cuando estos dos suman solitos casi 70 puntos, no hay rival que se les resista, y menos si es Sacramento, que ahora mismo vive encomendado a la fiabilidad ofensiva de ese buen pelotero que es Kevin Martin (ayer 23 puntos), más lo que hagan el chalado de Ron Artest y el granjero de Indiana, Brad Miller. De hecho, lo mejor que podrían hacer los Kings en lo que queda de temporada es seguir dándole minutos a Beno Udrih, que se está confirmando como un base muy majo, y lo que es mejor, muchísimo menos problemático que Mike Bibby. En otros resultados de anoche, los Spurs ganaron sin problemas a los Nets y siguen apartando rivales de su camino con una solidez pétrea que asusta y una racanería de resultados que asusta aún más. El resultado de ayer fue 81-70. El barómetro Duncan, muy saludable: 29 puntos, 12 rebotes, 2 tapones. Los Spurs siguen primeros en el Oeste, y los Nets… bueno, siguen naufragando y agarrándose como a un clavo ardiendo al octavo puesto en el Este.

Otros que llevan un extraño rumbo errático son los Raptors. Como era de esperar, el regreso de T.J. Ford se ha notado en el rendimiento de Calderón, que últimamente ya no es el base que deslumbró a toda la NBA en el mes de enero. Eso, naturalmente, se ha notado en el juego del equipo, que en los últimos diez encuentros ha ganado cinco y ha perdido otros cinco. Ayer Calde tuvo otro partido discretito (14 puntos pero sólo 3 asistencias), y sin Chris Bosh en el equipo (y aún le queda algún partidito más en el dique seco), la derrota era prácticamente inevitable ante un conjunto sólido como Orlando Magic. El magnífico trío que forman Dwight Howard, Hedo Turkoglu y Rashard Lewis hiceron trizas a Toronto en el último cuarto, en el que el resultado fue un sonrojante 31-19 que dejaría un clarísimo 102-87 final favorable a los hombres de Rick Adelman. Y eso que Ford se empleó a fondo y metió 13 de los 19 puntos de los Raptors en ese periodo, pero ni así. A destacar un Turkoglu que sigue en estado de gracia y que ayer flirteó con el triple doble (24 puntos, 8 asistencias, 7 rebotes). Si alguien me llega a decir el año pasado que el turco iba a hacer la mitad de lo que está haciendo, me río en su cara. Pero vivir para ver…Por lo demás, destacar un par de resultados curiosos: a los Detroit Pistons les costó Dios y ayuda vencer a una de las cenicientas de la liga, Seattle Supersonics, Los Pistons entraron en el último cuarto perdiendo, y sólo una bandeja en los últimos instantes del partido por parte de Amir Johnson (¿quién…?) les dio la tranquilidad. Sigue siendo un auténtico poltergeist que el máximo anotador en Seattle sea el pequeño Earl Watson (anoche 23 puntos), pero es lo que tienen los equipos mediocres… Mientras tanto, en Atlanta, nuevo festival anotador de los Golden State Warriors, que se impusieron a los Hawks por 135-118. Cómo meten puntos estos tíos…Ah, y Memphis perdió otra vez, pero eso tampoco es noticia.


¿Qué fue de… Jim McIlvaine?

5 Marzo, 2008

Cualquier buen fan de la NBA recuerda el caso McIlvaine… y, a no ser que sea un fan de los Seattle Supersonics, lo recordará con una sonrisa en la cara. Jim McIlvaine era un imponente pívot (2,15 m.) de carácter defensivo que destacó en sus años como universitario en Marquette, donde batió el récord de tapones en una sola temporada. Fue drafteado en la temporada 1994-1995 en el quinto puesto de la segunda ronda por los Washington Bullets, donde pasaría dos años, saliendo desde el banquillo como reserva del pívot rumano Gheorghe Muresan. Aunque nunca tuvo demasiados minutos, en su segunda temporada en los Bullets promedió más de 2 tapones en los apenas 15 minutos que jugaba por noche. Al menos parecía decisivo en uno de los dos lados de la cancha… si bien en el lado ofensivo no era nada del otro mundo (2,3 puntos por partido) y cogía una cantidad de rebotes ridícula para un hombre de su estatura (2,9).

Pero entonces cambió todo. Al finalizar la temporada 95-96, McIlvaine se convirtió en agente libre. Quiso la suerte que justo por entonces, los Seattle Supersonics andaran buscando reforzar su puesto de center. Los Sonics venían de perder la Final de la NBA ante los Bulls, en unos playoffs en los que la formidable pareja formada por Gary Payton y Shawn Kemp había rendido a gran altura. El equipo tenía una rotación sólida, con jugadores como Hersey Hawkins, el hoy entrenador de los Blazers Nate McMillan (que como jugador era mucho más interesante que como entrenador) y, no lo olvidemos, el alemán por excelencia en la NBA hasta la llegada de Dirk Nowitzki, el polifacético y letal Detlef Schrempf. El único punto débil del equipo era el puesto de “5″, ocupado por entonces por un Sam Perkins que por entonces ya había dejado bien claro que lo que a él le gustaba era tirar desde más allá de la línea de 3. No, si los Sonics querían volver a intentar el asalto del anillo, tendrían que hacerse con un center de garantías o, como mínimo, de futuro.

Y por allí pasó, metafóricamente hablando, el bueno de McIlvaine, que firmó uno de los contratos más insólitos de la historia: con menos de 3 puntos y 3 rebotes por partido como tarjeta de presentación, los Sonics le dieron un contrato de 7 años… ¡por más de 33 millones de dólares! Si hoy en día un contrato así ya parecería excesivo, por entonces era directamente mareante. A Kemp, que acababa de pedir sin éxito que le revisaran el contrato, la cosa no le hizo la más mínima gracia. Dicen las malas lenguas que ése fue uno de los motivos de que al finalizar la temporada 96-97, Kemp fuese traspasado a Cleveland a cambio de Vin Baker (de quien hablaremos otro día), rompiendo así una pareja que pudo hacer historia. De hecho, el contrato ha sido elegido por ESPN como el segundo peor fichaje de un agente libre.

Pero antes de eso, McIlvaine jugaría su primera temporada con los Sonics… y la verdad es que no justificó precisamente los millones de dólares que cobraba. Pese a salir de titular en 79 de los 82 partidos de la temporada, McIlvaine sólo promedió 18 minutos por partido en los que siguió demostrando su absoluta mediocridad: promedió algo menos de 4 puntos, 4 rebotes y, eso sí, 2 tapones por partido. Ese año cobraba 5 millones de dólares, de manera que cada punto que metió en esa temporada le salió a Seattle más o menos por unos 15.000 dólares, que no está nada mal. No es de extrañar que, entre su patético rendimiento y la salida de Kemp de Seattle, el aficionado medio de los Sonics la pagara con él. El año siguiente su rendimiento fue aún más lamentable: siguió saliendo como titular, pero bajó un poco (porque bajar “un mucho” habría sido imposible, dado el panorama) en casi todas sus estadísticas.

Al finalizar la temporada 97-98, la situación era tan insostenible para todos (salvo para él, claro, que seguía ganando dinero a espuertas sin dar un palo al agua en la cancha) que los Sonics, ya en pleno proceso de desintegración del equipo que había llegado a la final sólo tres años antes, le traspasaron a los New Jersey Nets a cambio de dos desconocidos llamados Michael Cage y Don MacLean. No se sabe si los directivos de New Jersey creían haber encontrado el Orinoco en McIlvaine, pero su paso por los Nets fue una muestra más de su incapacidad como jugador de baloncesto. La cosa empeoró aún más ante sus problemas con las lesiones a lo largo de las tres temporadas que jugó en los Nets, en ninguna de las cuales superó los 3 puntos o los 4 rebotes por partido, aunque por decencia mantuvo unos ciertos mínimos en tapones.

Por fin, cuando terminó la temporada 2000-2001 y los Nets cancelaron los dos años de contrato que le quedaban, Jim McIlvaine decidió retirarse como profesional pese a tener (incomprensiblemente) ofertas de varios equipos. A lo largo de los 401 partidos que jugó en la NBA promedió 2,7 puntos, 3,1 rebotes y 1,71 tapones por partido. Jamás logró anotar más de 12 puntos ni más de tres canastas en juego en un partido. Sin embargo, es cierto que en un encuentro capturó 16 rebotes y en otro match contra Chicago puso nada menos que 9 tapones.

Tras retirarse, McIlvaine se mudó al pueblo natal de su mujer, donde vive desde entonces en una espectacular casa de dos pisos, y con el riñón muy bien cubierto, que se diría. Pudo así dedicarse a sus hobbies, entre los que se encuentran el esquí acuático y los coches, aficiones que no se atrevía a practicar como jugador profesional, no fuera que se lesionara y su equipo se viera privado de sus rutilantes estadísticas. Sin embargo, hoy día aún tiene una presencia muy activa en medios norteamericanos, donde expresa sus opiniones sobre diferentes deportes. Ha abandonado la práctica activa del baloncesto y ha trabajado como fotógrafo freelance de varias revistas de coches y es (o ha sido) el presidente de los Amigos del Campamento Anokijig, una organización dedicada a preservar uno de los campamentos de verano más veteranos de Wisconsin de la que se puede ver una instantánea más arriba. Sólo él podría hacer algo así.

No se puede cerrar este pequeño homenaje a Jim McIlvaine (quien, por cierto, durante un tiempo se dejó el pelo largo tras llevarlo cortado a cepillo en su etapa como jugador) sin unos extractos de una entrevista que dio en 2004, y en los que reflexiona sobre su contrato millonario y todo lo que giró a su alrededor: “Mucha gente criticó mi contrato, pero no sé si fue por celos o envidia. La gente comparaba el dinero que ganaba con el rendimiento que tenía en la pista, y lo comprendo. Pero por otra parte, cuando alguien te ofrece una cantidad enorme de dinero, es difícil rechazarlo.

Sinceridad no le falta. Cinismo, tampoco.