
Cualquier buen fan de la NBA recuerda el caso McIlvaine… y, a no ser que sea un fan de los Seattle Supersonics, lo recordará con una sonrisa en la cara. Jim McIlvaine era un imponente pívot (2,15 m.) de carácter defensivo que destacó en sus años como universitario en Marquette, donde batió el récord de tapones en una sola temporada. Fue drafteado en la temporada 1994-1995 en el quinto puesto de la segunda ronda por los Washington Bullets, donde pasaría dos años, saliendo desde el banquillo como reserva del pívot rumano Gheorghe Muresan. Aunque nunca tuvo demasiados minutos, en su segunda temporada en los Bullets promedió más de 2 tapones en los apenas 15 minutos que jugaba por noche. Al menos parecía decisivo en uno de los dos lados de la cancha… si bien en el lado ofensivo no era nada del otro mundo (2,3 puntos por partido) y cogía una cantidad de rebotes ridícula para un hombre de su estatura (2,9).

Pero entonces cambió todo. Al finalizar la temporada 95-96, McIlvaine se convirtió en agente libre. Quiso la suerte que justo por entonces, los Seattle Supersonics andaran buscando reforzar su puesto de center. Los Sonics venían de perder la Final de la NBA ante los Bulls, en unos playoffs en los que la formidable pareja formada por Gary Payton y Shawn Kemp había rendido a gran altura. El equipo tenía una rotación sólida, con jugadores como Hersey Hawkins, el hoy entrenador de los Blazers Nate McMillan (que como jugador era mucho más interesante que como entrenador) y, no lo olvidemos, el alemán por excelencia en la NBA hasta la llegada de Dirk Nowitzki, el polifacético y letal Detlef Schrempf. El único punto débil del equipo era el puesto de “5″, ocupado por entonces por un Sam Perkins que por entonces ya había dejado bien claro que lo que a él le gustaba era tirar desde más allá de la línea de 3. No, si los Sonics querían volver a intentar el asalto del anillo, tendrían que hacerse con un center de garantías o, como mínimo, de futuro.
Y por allí pasó, metafóricamente hablando, el bueno de McIlvaine, que firmó uno de los contratos más insólitos de la historia: con menos de 3 puntos y 3 rebotes por partido como tarjeta de presentación, los Sonics le dieron un contrato de 7 años… ¡por más de 33 millones de dólares! Si hoy en día un contrato así ya parecería excesivo, por entonces era directamente mareante. A Kemp, que acababa de pedir sin éxito que le revisaran el contrato, la cosa no le hizo la más mínima gracia. Dicen las malas lenguas que ése fue uno de los motivos de que al finalizar la temporada 96-97, Kemp fuese traspasado a Cleveland a cambio de Vin Baker (de quien hablaremos otro día), rompiendo así una pareja que pudo hacer historia. De hecho, el contrato ha sido elegido por ESPN como el segundo peor fichaje de un agente libre.
Pero antes de eso, McIlvaine jugaría su primera temporada con los Sonics… y la verdad es que no justificó precisamente los millones de dólares que cobraba. Pese a salir de titular en 79 de los 82 partidos de la temporada, McIlvaine sólo promedió 18 minutos por partido en los que siguió demostrando su absoluta mediocridad: promedió algo menos de 4 puntos, 4 rebotes y, eso sí, 2 tapones por partido. Ese año cobraba 5 millones de dólares, de manera que cada punto que metió en esa temporada le salió a Seattle más o menos por unos 15.000 dólares, que no está nada mal. No es de extrañar que, entre su patético rendimiento y la salida de Kemp de Seattle, el aficionado medio de los Sonics la pagara con él. El año siguiente su rendimiento fue aún más lamentable: siguió saliendo como titular, pero bajó un poco (porque bajar “un mucho” habría sido imposible, dado el panorama) en casi todas sus estadísticas.

Al finalizar la temporada 97-98, la situación era tan insostenible para todos (salvo para él, claro, que seguía ganando dinero a espuertas sin dar un palo al agua en la cancha) que los Sonics, ya en pleno proceso de desintegración del equipo que había llegado a la final sólo tres años antes, le traspasaron a los New Jersey Nets a cambio de dos desconocidos llamados Michael Cage y Don MacLean. No se sabe si los directivos de New Jersey creían haber encontrado el Orinoco en McIlvaine, pero su paso por los Nets fue una muestra más de su incapacidad como jugador de baloncesto. La cosa empeoró aún más ante sus problemas con las lesiones a lo largo de las tres temporadas que jugó en los Nets, en ninguna de las cuales superó los 3 puntos o los 4 rebotes por partido, aunque por decencia mantuvo unos ciertos mínimos en tapones.
Por fin, cuando terminó la temporada 2000-2001 y los Nets cancelaron los dos años de contrato que le quedaban, Jim McIlvaine decidió retirarse como profesional pese a tener (incomprensiblemente) ofertas de varios equipos. A lo largo de los 401 partidos que jugó en la NBA promedió 2,7 puntos, 3,1 rebotes y 1,71 tapones por partido. Jamás logró anotar más de 12 puntos ni más de tres canastas en juego en un partido. Sin embargo, es cierto que en un encuentro capturó 16 rebotes y en otro match contra Chicago puso nada menos que 9 tapones.

Tras retirarse, McIlvaine se mudó al pueblo natal de su mujer, donde vive desde entonces en una espectacular casa de dos pisos, y con el riñón muy bien cubierto, que se diría. Pudo así dedicarse a sus hobbies, entre los que se encuentran el esquí acuático y los coches, aficiones que no se atrevía a practicar como jugador profesional, no fuera que se lesionara y su equipo se viera privado de sus rutilantes estadísticas. Sin embargo, hoy día aún tiene una presencia muy activa en medios norteamericanos, donde expresa sus opiniones sobre diferentes deportes. Ha abandonado la práctica activa del baloncesto y ha trabajado como fotógrafo freelance de varias revistas de coches y es (o ha sido) el presidente de los Amigos del Campamento Anokijig, una organización dedicada a preservar uno de los campamentos de verano más veteranos de Wisconsin de la que se puede ver una instantánea más arriba. Sólo él podría hacer algo así.
No se puede cerrar este pequeño homenaje a Jim McIlvaine (quien, por cierto, durante un tiempo se dejó el pelo largo tras llevarlo cortado a cepillo en su etapa como jugador) sin unos extractos de una entrevista que dio en 2004, y en los que reflexiona sobre su contrato millonario y todo lo que giró a su alrededor: “Mucha gente criticó mi contrato, pero no sé si fue por celos o envidia. La gente comparaba el dinero que ganaba con el rendimiento que tenía en la pista, y lo comprendo. Pero por otra parte, cuando alguien te ofrece una cantidad enorme de dinero, es difícil rechazarlo.“
Sinceridad no le falta. Cinismo, tampoco.


7 Marzo, 2008 a las 3:50 pm
[...] Qué situación tragicómica la de los Houston Rockets. Llevan 17 victorias consecutivas, la última de ellas con un oportunismo proverbial, venciendo esta noche a unos Dallas Mavericks que no contaban con Dirk Nowitzki, sancionado por la liga tras su falta flagrante a Andrei Kirilenko. Van terceros en el Oeste, a sólo medio partido de New Orleans Hornets y a dos y medio de San Antonio Spurs. Su juego es sólido. La racha es la séptima más larga en toda la historia de la NBA. Pero nada de eso importa, nadie en toda la liga les toma en serio. Lo peor es que la cosa no cambiaría ni aunque ganaran 30 partidos consecutivos: nadie duda de que volverán a caer en primera ronda de playoffs, por muy bien que lo hagan en temporada regular. El motivo es doble: por un lado, el tradicional gafe que acompaña a Tracy McGrady en playoffs, y es que el bueno de T-Mac todavía no ha logrado pasar de la primera ronda en toda su carrera. Por otro lado, y ésa es la auténtica preocupación de los Rockets, la baja de Yao Ming por lo que queda de temporada se antoja definitiva para el equipo tejano. Una cosa es sobrevivir y enganchar una buena racha en temporada regular, y otra muy diferente creer que con Dikembe Mutombo de “5” titular y un par de jóvenes aleros altos reciclados al puesto de center, este equipo puede hacer algo en playoffs. Al menos, no sin algún center de garantías fichado como agente libre (¿he oído Jim McIlvaine…?). [...]