Hoy en día, no hay nadie en el mundillo del baloncesto NBA que no hable de la posible reedición, más de 20 años después, de una final mágica entre Lakers y Celtics que no sólo revitalizaría el evento, sino que haría despertar en nuestro país recuerdos de un duelo que llevó a toda una generación a engancharse al baloncesto NBA. Si hoy día hay mayoría de fans de Lakers y Celtics en España, es sin duda por los inolvidables duelos entre los Magic Johnson, Larry Bird, Kareem Abdul-Jabbar, Kevin McHale, Robert Parish y compañía. Sin embargo, no por muy deseada que sea esa reedición parece más probable que ésta se vaya a producir. No tanto por los Lakers, que tras el palizón de anoche a los Spurs parecen eufóricos y son bien capaces de cepillarse a San Antonio, tal vez incluso por la vía más o menos rápida. No, la cosa parece complicada por el otro lado, por el Este. Los Boston Celtics, dominador de la temporada regular, parecen haberse transformado en playoffs en un equipo ramplón y sin profundidad. Necesitaron siete partidos para quitarse de encima a los Hawks, un equipo que ni siquiera habría peleado por entrar en los playoffs en el Oeste, y siete más para vencer a un equipo de un solo hombre como son los Cleveland Cavaliers. Ahora, para más inri, han cedido frente a los Detroit Pistons su primera derrota en casa en lo que va de playoffs, y las cosas no pintan nada bien para ellos, que no han ganado ni un solo partido fuera de casa.
No, lo que cada vez parece más probable es una reedición de la otra gran final de finales de los ochenta, la que enfrentó a Lakers y Pistons dos años seguidos (1987-1988 y 1989-1989), repartiéndose un anillo cada equipo. Eran los Lakers todavía de Kareem Abdul-Jabbar (sería su penúltima temporada), Magic Johnson y James Worthy, MVP de las finales del 88. También eran unos PIstons con ciertos parecidos con los actuales: con un base anotador (y legendario) como Isiah Thomas, un escolta letal como Joe Dumars (MVP de las finales del 89 con más de 27 puntos por partido) y un juego interior en el que destacaba un pívot con muy buena mano que también era el jugador más odiado de la liga: Bill Laimbeer (¿he oído Billups, Hamilton y Wallace?). Eran los Bad Boys en su más pura esencia, con mucha mala leche pero también, recordemos, mucho talento (por allí andaba gente de la talla de Adrian Dantley, Mark Aguirre y el “Microondas”, Vinnie Johnson, por ejemplo).
La final del 88 fue sin duda una de las más recordadas de la época: primero por el histórico sexto partido, en el que Isiah tuvo que ser sacado del parquet cojeando, sólo para volver a la pista minutos después, renqueante, para llevar a su equipo hasta la victoria. Isiah terminaría el partido con un dedo magullado y un ojo a la virulé, pero también con 43 puntos, 8 asistencias y 6 robos. Pero también se recuerda aquellas finales por su séptimo partido de infarto, en el que Worthy logró un monstruoso triple doble (36 puntos, 16 rebotes y 10 asistencias) y en el que los Lakers lograron un apuradísima victoria por 108-105.
Los dos equipos se volverían a enfrentar al año siguiente, pero esta vez los Pistons no dieron opción a los Lakers: ganaron 4-0, con un dúo exterior que sumó casi 50 puntos por partido. Bien es cierto que en el segundo partido se lesionó Magic, y aunque volvió en el tercer partido, sólo pudo disputar cinco minutos. Sus números en esas finales estuvieron muy lejos de lo habitual en él (apenas 12 puntos y 8 asistencias por partido), y su equipo acabó pagándolo muy, muy caro.
Las dos franquicias volvieron a encontrarse en una final hace relativamente poco, en 2004. Fue el año en que Gary Payton y Karl Malone ficharon por los amarillos para conseguir un anillo, el año en que los Lakers se plantaron en las finales pensando que lo tenían todo hecho, de la mano de Kobe Bryant y Shaquille O’Neal… y el año en que los Pistons, con un quinteto titular prácticamente idéntico al que tienen aún hoy en día, les hicieron picadillo en cinco partidos y Chauncey Billups se convirtió en el primer base en conseguir el MVP desde que lo hiciera Iisiah Thomas en el año 1990. La dolorosa derrota acabaría llevando a Shaq a marcharse de Los Ángeles para ganar su último anillo (al menos hasta la fecha) en Miami al año siguiente.
Así que, sin llegar a la rivalidad legendaria entre Lakers y Celtics, la de Detroit y Los Angeles no está nada mal. Basta que diga esto para que esta noche los Celtics ganen su partido en Detroit y acaben clasificándose, claro. Pero tal vez no lo hagan, y no sean capaces de superar la serie, quién sabe. En cualquier caso… una final Lakers-Pistons tampoco estaría nada mal.
De hecho, creo que tengo en DVD alguno de esos partidos de los ochenta. Voy a ver si me pongo nostálgico…


