En rueda de prensa celebrada este mediodía en Badalona, Rudy Fernández ha hecho oficial lo que era una verdad a voces: que no seguirá en el club el año que viene, y que dará el salto a los Portland Trail Blazers. Espero que le vaya muy bien, tiene calidad a espuertas y se va a una buena edad para poder progresar. La liga de aquí se le empezaba a quedar pequeña… pero como ya he dicho alguna vez anteriormente, no sé si se va en un buen momento a Portland. Los Blazers son un equipo en fase de cambio: la temporada que viene recuperarán a su nº 1 del draft, Greg Oden, del que aún no ha podido disfrutar ni un solo partido, y que aglutinará mucho juego. Además, tienen superávit de hombres exteriores. Si siguen con Jarret Jack y Steve Blake en el puesto de base, Brandon Roy, una parte importante del futuro del equipo, jugará cada vez más de “2″, y eso puede perjudicar a Rudy, al que con tanta gente tal vez le cueste gozar de minutos. Por no hablar de la presencia de Nate McMillan en el banquillo, claro, que lleva dos años amargando a Sergio Rodríguez. Pero no nos pongamos pesimistas, como ya he dicho talento no le falta a Rudy, ni tampoco ganas ni ambición. Espero que consiga hacerse un hueco… algo a lo que contribuiría, sin duda, que los Blazers traspasaran a alguno de sus hombres exteriores, como ya ha sonado en alguna ocasión en los últimos meses. Veremos qué pasa…
Con Rudy, ya tenemos seis españolitos jugando en la NBA, que no está nada mal. Más la incógnita de Marc Gasol, claro, de quien dicen que ya ha recibido una oferta en firme del Barcelona, pero que se irá, si no este año, al siguiente o, como mucho, al otro. Y luego tenemos a Víctor Claver, drafteable este año, aunque es un poco pronto para él. ¡Ah, sí! También tenemos a otro jugador drafteado, un tal Fran Vázquez… pero ése ya no creo que vaya a dar el salto, ¿no?
Y por cierto, la Penya va a tener que espabilar, y mucho: en una semana ha perdido a su entrenador y a su máxima estrella, y el año que viene tiene plaza de Euroliga. Si no quieren hacer el ridículo, van a tener que encontrar un par de buenos fichajes, y no tardando mucho…
Impecable. El guión del primer partido fue digno de una producción made in Hollywood, en el que no faltó prácticamente de nada: emoción, intensidad, actores estrella, secundarios importantes… ni hecho a propósito se habría alcanzado un efecto parecido. Como toda buena película, el partido empezó con un planteamiento inicial en el que fueron apareciendo los actores principales. Uno de ellos era Pau Gasol, aunque sólo fuera porque metió la primera canasta de la final. Otro era Derek Fisher que, como ese sidekick veterano que siempre está ahí, fue de los más destacados de su equipo en el primer cuarto. Pero todos iban asomando la cabeza en los primeros minutos: Kevin Garnett, que sería ese típico personaje torvo y serio que hace su trabajo mejor que nadie, sin esbozar la más mínima sonrisa; o Paul Pierce, el auténtico action hero de la noche, que también empezaba a meter sus canastitas. Todos aparecieron en ese primer cuarto menos el que todo el mundo esperaba: el “guapo” de la película, Kobe Bryant, que tardó bastante en meter su primera canasta… Para entonces, los Celtics ya se habían atrincherado detrás de un Garnett que parecía muy enchufado en el partido. Al otro lado, sin Kobe, tenían que tirar del carro entre Gasol, Fisher y lo poquito que aportaran los demás. Ninguno de los dos equipos jugó especialmente bien en esos minutos, y al final del primer cuarto de la película, el marcador reflejaba un apretado 23-21 favorable a los Celtics.
En el segundo cuarto el ritmo fue in crescendo, mientras seguían apareciendo protagonistas de la película. Kobe ya había dado muestras de vida, y los Celtics recibían la ayuda inesperada de un Sam Cassell que parece haber reservado sus cada vez más escasas gotas de calidad para esta serie final. En unos minutos en que los Lakers empezaban a afinar su juego, Sam-I-Am, como un viejo policía que conoce el terreno mejor que nadie, enchufó tres canastas prácticamente consecutivas e hizo que Fisher estuviera demasiado ocupado con él en defensa como para seguir generando cosas en ataque. Suyos fueron los primeros minutos del segundo cuarto, y de Garnett el resto: Big Ticket tuvo un segundo cuarto abrumador, en el que machacó a Gasol (bastante flojo en defensa todo el partido, la verdad) con suspensiones desde cualquier punto por dentro de la línea de tres. También le sacó a Pau la segunda falta, lo que hizo que Phil Jackson cambiara la defensa de su equipo y mandara la consigna de acudir en ayuda del catalán siempre que Garnett tuviera el balón. Y el equipo lo hizo… ¡vaya si lo hizo! Con Gasol protegido por las ayudas y el equipo enchufadísimo en defensa, los Lakers tuvieron también sus mejores minutos en ataque: empezaron a circular el balón con fluidez y anotaron con facilidad ante unos Celtics que no sabían por dónde les llovían las canastas. Kobe tenía el chip de pasador, y Pau se beneficiaba de sus asistencias. A esas alturas de partido, incluso los árbitros se habían sumado a la producción cinematográfica, encabezados por ese incombustible Dick Bavetta que podría hacer perfectamente de consigliere en una película de El Padrino, y que señalizaba algunas acciones que no acababan de convencer a Phil Jackson. Aun así, los Lakers seguían imparables, y los Celtics agradecieron que llegara al descanso, momento en el cual los visitantes iban cinco arriba en el marcador, 51-46. Pero nada podía prepararles para lo que ocurriría tras la reanudación…
Y es que el tercer acto fue ejemplar, una muestra antológica de lo que es el baloncesto como emoción, como sucesión de acciones de una intensidad y espectacularidad pocas veces igualable. Todo empezó con Paul Pierce, claro; de hecho, empezó, continuó y terminó con Pierce. El action hero de la película salía como un ciclón del vestuario y, tras una canasta y un 3+1 con falta de Radmanovic, enjugaba la ventaja de los Lakers en menos de un minuto y medio. Parecía que el californiano tenía ganas de marcha. Pero pocos minutos después, el día se tornaba noche: en una jugada embarullada bajo su propia canasta, Pierce caía fulminado al suelo, llevándose la mano a la rodilla tras chocar con su propio compañero, Kendrick Perkins. Los gestos de dolor del alero de los Celtics eran terribles, y de inmediato saltaron todas las alarmas en el banquillo de Doc Rivers. Alarmas que se volvieron de un rojo aún más intenso cuando vieron cómo se llevaban a Paul Pierce en volandas hacia el vestuario. Todos se temían lo peor: con Pierce lesionado, la final habría terminado antes de comenzar. Pero como si de una película de terror se tratara, a los Celtics aún les quedaba por sufrir un nuevo golpe: apenas un minuto después, Derek Fisher caía sobre la pierna de Perkins, en una acción parecida a la que provocó la lesión de Yao Ming la temporada pasada. El roqueño pívot de los Celtics también debía retirarse dolorido al vestuario, donde la televisión acababa de mostrar a Pierce en una silla de ruedas.
A todo esto, los Lakers, claro, se frotaban las manos ante lo que ya veían como un partido cuesta abajo. Pero los Celtics se defendieron como gato panza arriba y evitaron que los Lakers se marcharan en el marcador en los siguientes minutos. Y entonces, cuando parecía que Boston no podría aguantar mucho más el tirón, el pabellón entero estalló en un ensordecedor rugido: Paul Pierce acababa de aparecer por el túnel de vestuarios caminando por su propio pie, con una pequeña venda en la pierna… y con la mirada de acero de todo buen prota de película de acción. Se moría por volver a entrar en pista… y en cuanto lo hizo, demostró por qué. Con el público entregado, con sus compañeros encorajinados por su regreso, con los Lakers retirándose de forma timorata ante la oleada de emoción que invadía el Garden, Pierce enchufó dos triples consecutivos desde el mismo sitio que daban definitivamente la vuelta a la tortilla. Aunque el marcador no lo reflejaría claramente hasta el final del partido, emocionalmente los Celtics ya habían ganado el partido. No importaba que Garnett fuera una caricatura oscura de sí mismo y fallara todo lo que había metido en la primera parte, no importaba que la Mamba Negra asustara a los Celtics con alguna de sus canastas imposibles marca de la casa: Pierce había vuelto al campo, y se echaría el equipo a la espalda en lo que quedaba de tercer cuarto y todo el último para alcanzar una victoria que no pensaba dejar escapar. Por si fuera poco, contaba con la ayuda del último personaje en entrar en escena: P.J. Brown, quien como si de un veteranísimo Harry el Sucio se tratara, contribuyó con numerosos intangibles a mantener la fortaleza de Boston bajo los aros en ausencia de Perkins (los Celtics superaron a los Lakers en rebotes por 46-33).
Mientras tanto, en los Lakers, Gasol había desaparecido, Fisher contribuía menos, y como en demasiados partidos últimamente, el equipo dependía por completo de la inspiración de Kobe. Y Kobe no estuvo especialmente bien. Terminó con 24 puntos, pero también con una lamentable, horripilante serie de 9/26 en el tiro. Rozando la vergonzante barrera del 30%, vaya. Lamar Odom era de los pocos que aún sacaba el orgullo e intentaba pelear, pero tampoco fue el que ha sido el resto de playoffs. Todo el último cuarto en general fue un desacierto constante, primero por parte de los Lakers, pero también un poco por parte de los Celtics: Garnett, por ejemplo, que había metido 8 de sus primeros 11 lanzamientos, terminó sólo un poco mejor que Kobe en porcentajes: 9/22, y falló nueve tiros seguidos. Eso sí, tuvo tiempo de posterizar a Pau en un mate tras rebote ofensivo que sacó una vez más las vergüenzas al Nen de Sant Boi. Hay un vídeo en Youtube, pero no sé por qué no me lo deja poner aquí, así que os paso el link directo para que lo veáis, que vale la pena, aquí. Y si no estáis convencidos, una instantánea del momento:
Los últimos minutos fueron frustrantes para los Lakers: manteniéndose siempre a distancias de 6-8 puntos, fueron incapaces de meter un triple o de hacer una jugada que volviera a meterles en el partido: fallaron todo lo fallable, precipitándose en el tiro y dando una imagen más bien triste en este primer partido. En los Celtics, Garnett terminó con 24 puntos y 13 rebotes, Pierce metió 22 y Allen, que estuvo mejor que en otras ocasiones, metió 19. Rajon Rondo también fue importante en momentos clave del partido, y terminó con 15 puntos y 7 asistencias. En los Lakers, Gasol y Fisher terminaron con 15 puntos aunque estuvieron muy desaparecidos en la segunda parte.
Así pues, los Celtics golpean primero, aunque les queda la duda del alcance de la lesión de Pierce. Sea como sea, el equipo tiene hasta el domingo para recuperarse de sus heridas… y los Lakers tienen el mismo tiempo para hacer propósito de enmienda e intentar recuperar el buen juego del que hicieron gala en esos fugaces momentos del segundo cuarto… ¿Lo conseguirán?
Tercera y última parte del repaso a las finales entre Celtics y Lakers en la década de los ochenta (podéis leer la primera parte aquí y la segunda parte aquí). Con un hiato de un año en el que los dos equipos no coincidieron en la final, la temporada 86-87 volvería a teñirse de verde y amarillo en su último tramo…
Antecedentes: Tras dos finales consecutivas entre verdes y amarillos, sólo Boston había acudido a la cita en la temporada 85-86. Los Lakers habían sido sorprendentemente eliminados en finales de conferencia por los Houston Rockets de las Torres Gemelas (Ralph Samson y Hakeem Olajuwon), que serían machacados por la apisonadora de los Celtics (4-1) en la gran final. Al año siguiente, los Lakers empezaron la temporada dispuestos más que nunca a reinar en el Oeste. Y para ello, Pat Riley tomó una decisión que resultaría determinante para el juego del equipo: convencido de que Kareem Abdul-Jabbar, a sus 40 años, ya no podía llevar el peso ofensivo del equipo, decidió cambiar de táctica para usar la velocidad de Magic Johnson y James Worthy como principal arma ofensiva. Durante toda la pretemporada el equipo trabajó en ese sentido, con la aquiescencia del propio Kareem, que veía cómo se acercaba el final de su carrera. La cosa no podría haber salido mejor, y con Magic jugando su mejor temporada hasta la fecha (que le valdría el MVP de la temporada, convirtiéndose así en el primer base desde Oscar Robertson en conseguirlo), los Lakers se dispararon hasta las 65 victorias y 17 derrotas. Además de Magic Johnson, contribuyeron a la buena marcha del equipo gente como el propio Worthy, Byron Scott, Michael Cooper, A.C. Green… y Mychal Thompson, fichado en febrero a los San Antonio Spurs. La llegada de Thompson (en la foto de abajo) ofrecía un repuesto útil para Jabbar además de un buen defensor al poste bajo, para desesperación de los Celtics. Por primera vez, si los dos equipos llegaban a verse en la final, Kevin McHale tendría encima un defensor muy capaz de frenarle.
Mientras tanto, para Boston todo eran desgracias. La cosa empezó de la peor forma cuando al día siguiente del draft, su elección en el segundo puesto, Leon Bias, fallecía por un fallo cardiaco inducido por la cocaína. (Otro día hablaremos de las drogas en la NBA de los ochenta.) Pero las calamidades para el banquillo de los Celtics sólo acababan de empezar: Bill Walton sufrió repetidas lesiones en el pie durante toda la temporada, Scott Wedman se lesionó el talón y no volvió a jugar para Boston, y Jerry Stitching fue afectado por un virus sumamente molesto. Toda esta lista de inconvenientes hizo que los titulares de los Celtics tuvieran que jugar muchos, muchísimos minutos. Y hablamos de un quinteto titular que promediaba 30 años. Larry Bird, Danny Ainge y Robert Parish sufrieron físicamente a lo largo de toda la temporada, y en el último tramo de ésta, Kevin McHale también se rompió un hueso en su pie derecho. Pero en la más pura tradición de sufrimiento Celtic, y aunque los doctores temían que si seguía jugando sufriera un daño permanente, McHale no abandonó las canchas. Pese a todo esto, Boston sólo acabó un poquito peor que el año anterior, con 59-23, el mejor registro de toda la liga después del de los Lakers.
Los playoffs serían un nuevo calvario para los Celtics (justo como este mismo año): tras eliminar fácilmente a los Bulls (3-0), se fueron a los siete partidos contra los Milwaukee Bucks de Terry Cummings, Ricky Pierce y Jack Sikma. La final de conferencia (sí, también como este año) fue contra los Detroit Pistons: siete agotadores partidos más contra unos Bad Boys que ya prometían dar mucha guerra, en el último de los cuales los Celtics sólo lograron vencer tras un robo en el último suspiro de Bird a Isiah Thomas. Bird pasó el balón rápidamente a Dennis Johnson, que anotaba la canasta de la victoria. Una jugada “marca de la casa” de Bird que bien merece ser recordada:
La trayectoria de los Lakers fue mucho más contundente: cedieron una sola derrota en las tres primeras rondas, y se cepillaron a Denver Nuggets (3-0), Golden State Warriors (4-1) y Seattle Supersonics (4-0). Se cuenta que uno de los scouts de los Pistons fue a verles jugar y volvió con la boca abierta: “Juegan a un nivel cósmico. Son el mejor equipo que he visto jamás”. Así pues, por primera vez las finales parecían claramente favorables a los Lakers: tenían la ventaja de cancha, estaban más descansados, eran más jóvenes y, aparentemente, jugaban mejor. Pero los Celtics eran los Celtics…
Partido 1: En un Forum lleno hasta la bandera, los Lakers no dieron opción a sus rivales en el primer partido. En la más pura tradición del showtime, Magic Johnson manejaba a su equipo a un ritmo frenético, corriendo a toda la velocidad que le permitían sus piernas. El base angelino fue un puñal en la defensa verde, y terminó con 29 puntos, 13 asistencias, 8 rebotes, 2 robos, 1 tapón… y ninguna pérdida. Los contrataques eran constantes, y si no era Magic era Worthy (33 puntos) el que culminaba la jugada. Los Celtics, encabezados por Bird (28 puntos), lo intentaron todo, pero no consiguieron ponerse a menos de 10 en casi todo el segundo tiempo. Los Lakers ganaron con autoridad (126-112) y los Celtics parecían más viejos que nunca… ¿Tan fácil iba a ser todo?
Partido 2:A juzgar por lo que ocurrió en el segundo partido, sí. Los Lakers volvieron a salir quemando goma de zapatilla y corriendo como posesos. Los Celtics sabían que tenían que parar a Magic y Dennis Johnson ya no parecía capaz de hacerlo. Así que K.C. Jones puso a Ainge sobre el otro Johnson, el de los Lakers, y la cosa pareció funcionar… pero sólo durante unos minutos. Tras un primer cuarto igualado, apareció un invitado inesperado a la fiesta: Michael Cooper, que estuvo on fire todo el partido, y que en el segundo periodo contribuyó de forma decisiva (bien anotando, bien asistiendo) en cada una de las canastas de un parcial de 20-10. Cooper metió 20 puntos en ese partido, incluidos 6/7 triples, e igualó el récord de asistencias en un cuarto, con 8. Nada parecía parar a los Lakers: tiraron con un increíble promedio de 61,5% de acierto y Magic, al que habían intentado frenar al principio, acabó con 24 puntos y 20 asistencias, el angelito. Como si lo de Cooper le hubiera picado, él también dio 8 asistencias en el primer cuarto, estableciendo un curioso doble récord. Mientras tanto, los Celtics perseguían sombras en el contrataque de los Lakers. Como dijo el center suplente de los verdes, Greg Kite, “Nos habría metido una bandeja hasta una de las Laker Girls”. El partido terminó con un contundente 141-122 favorable a los Lakers, en los que cinco de sus jugadores metieron 20 puntos o más. Los Celtics parecían todavía más viejos que en el primer partido, y para acabar de arreglar las cosas, McHale se había agravado su lesión en el pie… ¿Supondría la vuelta al Boston Garden una cura para todos sus males?
Partido 3: Pues al parecer, sí. Los Celtics saltaron a su querido parquet con fuerzas renovadas, y aunque el partido fue duro, al final lograron su primera victoria en la serie. Entre Bird y un McHale resucitado sumaron 51 puntos y 21 rebotes. El “4″ de los Celtics también frenó a James Worthy, a quien dejó en sólo 13 puntos. Pero los Lakers tenían otras opciones: Magic flirteó con el triple doble con sus 32 puntos, 11 asistencias y 9 rebotes, y Jabbar, a sus 40 años, seguía metiendo un sky-hook tras otro hasta terminar con 27 puntos. Pero los Celtics apelaron a su proverbial orgullo, y encontraron una inesperada arma para frenar a Jabbar: con Parish con problemas de faltas, el pívot suplente, Greg Kite, pese a no meter un solo punto, cogió nueve rebotes, puso un tapón a Magic y brilló en su defensa sobre Jabbar, inspirando al resto del equipo. Los Celtics acabaron ganando con apuros, pero ganando al fin y al cabo, por 109-103. Como diría el propio Magic después del partido, “Tal vez necesitábamos un partido así. Sé que no volveremos a jugar tan mal.” Para los Celtics, lo peor, el miedo al 4-0 (el “sweep”), ya había pasado. “Ahora”, según Bird, “todo será más fácil”.
Partido 4: Pues no, no sería nada fácil. De hecho, el cuarto partido sería una durísima batalla. Los Celtics ganaban de 16 al descanso, pero los Lakers no abandonaron en ningún momento y en los últimos minutos del último cuarto culminaron su remontada hasta ponerse por delante gracias a un alley oop de Magic a Kareem. Pero un triple de Bird volvía a poner a los Celtics dos arriba, 106-104, con sólo 12 segundos en el reloj. Kareem sufrió falta en la siguiente posesión pero sólo metió uno de los dos tiros. Sin embargo, aunque McHale capturó el rebote, fue levemente empujado por Mychal Thompson y el balón salió fuera. Los árbitros se equivocaron (ya entonces, sí) y le dieron el balón a los Lakers. Lo que vino después es, probablemente, la jugada más famosa de todos los Celtics-Lakers de la década. Magic recibió el balón en un lateral y, ante la llegada McHale en la ayuda, decidió penetrar hacia el centro de la zona, donde lanzaría su ya legendario “junior sky hook” (como lo llamaría el mismo tras el partido) que, tras rozar los dedos de Parish, se coló por la red, poniendo el marcador en 107-106 favorable a los Lakers. Una jugada que, naturalmente, bien vale un recuerdo… y un vídeo:
A los Celtics les quedaban dos segundos, y lograron hacer llegar el balón a Bird, cuyo tiro no entró. Los Lakers habían logrado una importantísima victoria en el Garden, y Bird expresaría toda la amargura del equipo con una irónica frase: “Uno puede esperar perder por culpa de un sky-hook; lo que no espera es que sea de Magic.” Los Celtics pagaron un precio altísimo por los tres balones que perdieron en el último minuto y medio, y ahora sólo les quedaba ganar todos los partidos que quedaban de la serie.
Partido 5:Y no se puede decir que no lo hicieran bien en su último partido en el Garden. En el que probablemente fue su mejor partido de la serie, los Celtics hicieron gala de un juego sólido, con Danny Ainge enchufándolas desde fuera (metió 21 puntos, 5/6 triples incluidos) y todo el equipo contribuyendo con muchos puntos. De hecho, los cinco titulares de Boston metieron más de 20 puntos, totalizando 112 de los 123 puntos del equipo. Los Lakers tampoco pusieron mucho de su parte: Worthy, deslumbrante toda la serie, se quedó en 12 puntos y 6/19 en el tiro, y aunque Magic sí estuvo al nivel del resto de partidos (29 puntos, 12 asistencias, 8 rebotes y 4 robos), no pudo evitar la segunda derrota de los Lakers en la serie. Los Celtics vencieron 123-108 antes de que la serie regresara al Forum con un 3-2 favorable a los hombres de Pat Riley.
Partido 6: Los Lakers volvían a casa, pero si esperaban que el sexto partido fuera un paseo, se equivocaban mucho. Dennis Johson secó a Magic en la primera mitad, dejándole sólo en 4 puntos, y los Celtics ganaban de cinco al descanso, gracias a la buena actuación de su base. Pero en el tercer cuarto todo cambió: los Lakers salieron decididos a sentenciar la eliminatoria, y no hubo quien les frenara. Kareem Abdul-Jabbar, que estrenaba cabeza rapada en ese partido, terminó con 32 puntos y 4 tapones, Worthy metió 22, y Magic brilló como nunca en la dirección de juego, terminando con 16 puntos, 19 asistencias y 8 rebotes. En los Celtics, DJ terminó con 33 puntos y McHale con 20, pero el equipo apenas superó el 40% en tiros de campo, y acabó perdiendo 105-93. Los Lakers ganaban 4-2 y conseguían su cuarto título en la década.
Magic Johnson era nombrado MVP de una serie en la que había promediado 26,2 puntos, 13 asistencias, 8 rebotes y más de dos robos por partido. Larry Bird, una vez más, definió el momento con sus palabras: “Magic es un gran, grandioso jugador de baloncesto. El mejor que he visto jamás. Y el suyo es también el mejor equipo contra el que he jugado nunca. En el 85 eran buenos, e incluso ya en el 84 pensé que deberían habernos ganado. No sé si este equipo es mejor que aquel, supongo que sí: su contrataque es mejor, y tienen más profundidad.”
Aquella sería la última vez que se enfrentarían estos dos equipos. Al año siguiente, los Pistons tumbarían a los Celtics en la final de conferencia sólo para ser derrotados por los Lakers en la final, y en la temporada 88-89 se repetiría la final, pero en esta ocasión ganaron los Pistons, lo que marcó el inicio del declive de los Lakers. Para entonces, los Celtics de Bird y compañía ya eran sólo una sombra de lo que habían sido. Tendrían que pasar más de 20 años para que los dos equipos volvieran a enfrentarse en una final. Una final que empieza esta misma noche. Poco tienen que ver estos equipos con los que jugaron entonces… sólo espero que al menos nos den una parte del mismo espectáculo que nos dieron sus antecesores. Sólo por eso, la espera ya habrá valido la pena.