Los años setenta fueron una época de cambios sociales tanto en Estados Unidos como en el resto del mundo. Baloncestísticamente, fueron años en los que la liga no estaba dominada por ningún equipo, en una década con ocho campeones diferentes en diez temporadas. Uno de esos campeones, tal vez el más inesperado de todos, serían los Portland Trail Blazers, que se harían con el anillo gracias al juego de un espectacular pívot pelirrojo de 2,10 de estatura llamado Bill Walton.
“Bill Russell era un gran taponador. Wilt Chamberlain era un enorme jugador ofensivo. Pero Walton puede hacerlo todo”. Las palabras de Jack Ramsay, que entrenó a Bill Walton en Portland, definen a la perfección al hombre que llevó a los Blazers al título. Y es que Bill Walton podría haber sido uno de los mejores jugadores de la historia de la liga… si su físico se lo hubiese permitido.
William Theodore Walton III nació el 5 de noviembre de 1952 en La Mesa (California). Sus padres no lo sabían, pero su hijo estaba destinado a hacer historia en el mundo del baloncesto… y lo haría ya en sus años de estudiante. Sin embargo, la cosa no empezó demasiado bien: con sólo 17 años, Walton jugó con la selección norteamericana de baloncesto en los Mundiales de 1970. Una selección, por cierto, que tuvo una de las peores clasificaciones de su historia, quedando nada menos que quinta, por detrás de Yugoslavia, Brasil, la URSS e Italia. No es de extrañar, habida cuenta del flojo equipo que llevaron los americanos a la cita. Pero sería a partir del año siguiente cuando Walton empezaría destacar. Tras matricularse en la Universidad de California-Los Ángeles (UCLA), Walton jugaría con los Bruins del equipo local desde 1971 hasta 1974, alcanzando el título nacional dos veces: en 1972 vencieron a Florida State, mientras que en el 73 se impusieron a Memphis State. En este último partido, el enorme pelirrojo terminó con 44 puntitos de nada y una escalofriante serie de 21 de 22 tiros de campo, en lo que algunos consideran la mejor muestra ofensiva de un jugador universitario en toda la historia. Mientras estuvo en los Bruins, Walton ayudó al equipo a alcanzar dos registros consecutivos de 30 victorias y 0 derrotas, hasta alcanzar la friolera de 88 triunfos seguidos. En realidad, más que “ayudar” al equipo, fue su columna vertebral, y pronto empezaron a lloverle los premios que reconocían su valía. En 1973 recibió el premio James E. Sullivan al mejor atleta no profesional en Estados Unidos, y durante tres años seguidos se llevó el premio al mejor jugador universitario del año. Todo eso, hay que añadir, lo consiguió cuando ya había sufrido sus primeros achaques físicos. Ya mientras iba al instituto Helix, en su La Mesa natal, se rompió una pierna, un tobillo y varios huesos de los pies, y fue operado en la rodilla. En la universidad también sufriría tendinitis en las rodillas y se lesionaría en la espalda. Y pese a todo eso, llevó a UCLA hasta lo más alto.
Pero la figura de Walton trascendía lo meramente deportivo: si en la cancha quería ganarlo todo, fuera de ella se caracterizó por ser un personaje contestatario, que llegó a ser arrestado durante una manifestación contra Vietnam y que criticó abiertamente al presidente Richard Nixon y al FBI. Sin duda, era un hijo de la era del amor y la libertad: era vegetariano, llevaba diademas multicolores y guardaba su ropa de gimnasio en una bolsa para cebollas. Tras ser arrestado, publicó una declaración en la que, como se dice vulgarmente, demostraba no tener pelos en la lengua: “Vuestra generación ha jodido al mundo. La mia está intentando salvarlo. El dinero no lo significa todo para mí. No puede comprar la felicidad, y yo sólo quiero ser feliz.” Hay quien dice que incluso llegó a plantearse abandonar el baloncesto para dedicarse íntregamente a cultivar su espíritu.
Pero por suerte para todos nosotros no lo hizo, y fue drafteado en el número uno en 1974 por los Portland Trail Blazers. Los Blazers, segundos por la cola en la temporada anterior, necesitaban un revulsivo urgente y creyeron verlo en Walton… y el tiempo acabaría dándoles la razón. La irrupción del rookie pelirrojo en la liga fue simplemente espectacular, al menos durante los siete primeros partidos que disputó, en los que promedió 16 puntos, 19 rebotes, 4,4 asistencias y 4 taponazos por partido. Se convirtió de inmediato en la sensación de la temporada, le llovieron los elogios… hasta que su cuerpo volvió a ser pasto de las lesiones. Diversos problemas en los pies le limitaron a jugar únicamente 35 partidos en su primera temporada, en la que acabó promediando 12,8 puntos. Los Blazers mejoraron un poco respecto al año anterior (lo cual no era muy difícil), pero no dieron el salto que muchos esperaban. Seguían en lo más profundo de la Pacific Division, de donde no saldrían a la temporada siguiente, pese a que para entonces Walton empezaba a demostrar de lo que era capaz. En la temporada 75-76 promedió más de 16 puntos y casi 13 rebotes y medio por partido, pero de nuevo sólo pudo disputar 51 partidos. Sus pies seguían dándole problemas. En sus dos primeros años en Portland, Walton se había torcido un tobillo, roto la muñeca izquierda (dos veces) y dislocado dos dedos de los pies y dos de las manos. Parecía lo que popularmente se conoce como un “pupas”. Por si todo eso fuera poco, su relación con los medios no era nada positiva: sólo concedía entrevistas a los reporteros que sabía que hablarían de él positivamente, rehuyendo a los demás. Aunque más tarde se descubrió que su conducta se debía a su timidez ante un problema en el habla (que más tarde corregiría), su imagen no salía precisamente reforzada. Si a eso añadimos su arrogancia, incluso ante el propio cuerpo técnico de los Blazers, el conjunto no dibuja precisamente un jugador fácil de manejar. ¿Habían acertado los Blazers en su elección?
Probablemente sí, porque en la pista se transformaba. Y es que en su tercera e histórica temporada en los Blazers, Walton se superó a sí mismo, y mientras Portland se rendía por fin a sus pies, el Gran Pelirrojo empezaba a tener números de estrella: 18,6 puntos, 14,4 rebotes y 3,25 tapones (fue líder de la liga en estas dos últimas categorías) que le llevaron a ser incluido en el Segundo Mejor Quinteto de la NBA y en el Primer Quinteto Defensivo. Acompañado en el juego interior por Mo Lucas y con Lionel Hollins llevando la batuta, los Blazers salieron por fin del lodazal que era la parte baja de la Conferencia Oeste y se clasificaron para playoffs. Y allí empezarían a hacer historia de verdad. Tras ganar en tres partidos en primera ronda a los Chicago Bulls (que por entonces andaban en el Oeste), el equipo de Walton dio la campanada venciendo en seis partidos a unos talentosos Denver Nuggets. Pero la cosa no terminó ahí: en finales de conferencia, los Blazers se enfrentaban a los Lakers de Kareem Abdul-Jabbar; a Walton eso no le importó, y sus Blazers pasaron por encima de Los Ángeles, venciendo por un contundente 4-0.
Los Blazers se habían plantado contra todo pronóstico en la final, y allí les esperaban nada menos que los Philadelphia 76ers de Julius Erving. Pero ni siquiera el Dr. J fue capaz de frenar a aquellos Blazers en racha. No importó que Portland perdiera los dos primeros partidos de la final: remontaría la serie ganando cuatro encuentros consecutivos, y aunque Erving metió 40 puntos en el sexto partido, falló una suspensión en los últimos instantes que podría haber provocado la prórroga. En ese mismo partido, Walton superó la veintena de rebotes por tercera vez en la serie. Portland acabó haciéndose con el anillo, y Walton con el trofeo de MVP de las finales, con unos números impresionantes: 18,7 puntos, 19 rebotes, 5,5 asistencias y casi 4 tapones por partido.
Por fin, Walton había demostrado que era capaz de llevar un equipo sobre sus anchas espaldas hasta lo más alto. Por desgracia, sus achaques físicos le impedirían repetir una hazaña parecida. Y eso que en buena parte de la temporada 77-78 estuvo en un estado de forma igual o incluso superior. Disputados 60 partidos, los Blazers llevaban un registro de 50-10… y entonces, en febrero, en un partido de trámite ante los Sixers, el pie de Walton volvió a fallarle. No volvería a jugar un partido en el resto de fase regular, pero sus números hasta ese momento (18,9 puntos, 13,2 rebotes, 5 asistencias y 2,5 tapones por partido) le hicieron merecedor del MVP de esa temporada.
Sin embargo, pese al galardón, la temporada acabaría de forma trágica para Walton. En su ansia por ayudar al equipo, intentó regresar a la competición en playoffs… pero tras el segundo partido de su serie contra los Seattle Supersonics, una prueba de rayos X reveló que se había roto el hueso navicular, por debajo el tobillo izquierdo. Aunque aún no lo sabía, aquella rotura marcaría el final de la carrera de Walton en los Blazers. Pero antes de eso, la cosa aún se pondría muy fea entre el jugador y el equipo: tras los playoffs, Walton exigió ser traspasado y acusó al equipo médico de los Blazers de haber tratado de forma deficiente tanto sus lesiones como las de otros jugadores del equipo. La cosa terminó con Walton demandando al equipo y el caso resolviéndose en los tribunales.
Pero los Blazers no aceptaron sus exigencias de ser traspasado, y como protesta se pasó toda la temporada siguiente sin jugar un solo partido. Por fin, en la temporada 78-79, fue fichado por los Clippers, que por entonces estaban en San Diego. Pero incluso ese traspaso estuvo marcado por la polémica: muchos jugadores del equipo se quejaron del precio a pagar por el traspaso: dinero, una primera ronda de draft y dos jugadores, Kermit Washington y Kevin Kunner, que se marchaban a Portland. Además, Walton firmó un astronómico (para la fecha) contrato de 7 millones de dólares por otras tantas temporadas. Pese a todo esto, llegó a San Diego como un hombre nuevo: se había cortado la coleta y afeitado la barba, y parecía querer limar asperezas con la prensa. “Soy una persona diferente a la que era cuando entré en la NBA”, diría. Ah, y también había dejado de ser vegetariano y comía de nuevo carne.
Pero la carne no pareció fortalecer su físico, más bien al contrario. Las lesiones siguieron llegando… y muy pronto. En el cuarto partido de exhibición de pretemporada con los Clippers, Walton volvió a romperse el hueso navicular del pie izquierdo. La lesión le hizo perderse buena parte de la temporada, de la que sólo disputó 14 encuentros, con un rendimiento más bien mediocre (algo menos de 14 puntos por partido). Las lesiones le mantendrían en el dique seco durante las dos siguientes temporadas, a lo largo de las cuales alguno de sus propios compañeros le acusó incluso de exagerar sus lesiones.
Pero aunque muchos empezaban a dar por acabado a Walton, él no les hizo caso. En 1981 decidió jugárselo el todo por el todo y se sometió a una operación que restructuraría su pie izquierdo, haciendo que el dichoso hueso soportara menos presión, reduciendo así el riesgo de sufrir daños. También por esas fechas, mientras se recuperaba de la enésima lesión, empezó a estudiar derecho. En cualquier caso, la intervención pareció funcionar a la perfección: volvió a los Clippers en la temporada 82-83, jugando un partido a la semana, que era lo máximo que le permitía su doctor. En los 33 partidos que disputó ese año, promedió algo más de 14 puntos por partido, tiró mejor que nunca (52%) y se le vio cambiado, casi feliz. Las lesiones le respetaron durante dos temporadas, y fue aumentando la cantidad de partidos jugados en cada temporada, hasta llegar a los 67, un récord para él, en la temporada 84-85. Para entonces ya tenía 32 años, y quería algo más que jugar: quería ganar. Así que empezó a dejarse querer por los dos mejores equipos de la liga, Los Angeles Lakers y Boston Celtics. Algunos jugadores de estos últimos declararon públicamente que Walton sería un reserva fantástico para Robert Parish y Kevin McHale, así que Red Auerbach no dudó un instante y mandó a los Clippers a todo un Cedric Maxwell, acompañado de una primera ronda de draft, para hacerse con los servicios del gran pelirrojo.
El fichaje pareció ser la pieza que le faltaba al proyecto de los Celtics. Boston fue una apisonadora durante toda la temporada y terminó con un registro de 67 victorias y 15 derrotas. Walton jugó nada menos que 80 partidos, promediando algo menos de 20 minutos por encuentro, pero aportando muchas cosas interesantes. Tan interesantes que ganó el trofeo al Mejor Sexto Hombre de la Temporada. Y la única lesión que le perturbó durante el año fue una fractura de nariz. La decimotercera en sus 13 años de carrera. Los Celtics siguieron igual de intratables en playoffs, cediendo sólo una derrota antes de llegar a la final. Allí les esperaban los Houston Rockets de las Torres Gemelas, Hakeem Olajuwon y Ralph Samson, que aguantaron lo que pudieron pero acabaron cayendo en seis partidos. Walton ganaba así su segundo anillo, y aunque sus números en playoffs no se podían comparar a los que había mostrado en Portland años atrás (apenas 8 puntos y 7 rebotes por encuentro), el título debió de parecerle igual de dulce… o más. Kevin McHale lo expresó así en una entrevista: “Miras a un tipo tan mayor como él, con el cuerpo más machacado del mundo del deporte, y le ves disfrutar como un chaval de instituto. Resulta divertido, pero también una auténtica inspiración para los demás. Para él cada partido era un desafío… y ’se encargó de que ninguno de nosotros se olvidara de eso.”
Walton ya podía retirarse tranquilo, y no tardó en hacerlo. Tras disputar sólo 10 partidos de la temporada siguiente, el center colgó las zapatillas a los 34 años. Sus números pueden no parecer demasiado espectaculares (13,3 puntos, 10,5 rebotes 3,4 asistencias y 2,2 tapones a lo largo de su carrera), pero no hay que dejarse engañar: mientras estuvo en buena forma, fue un jugador imparable. Es una auténtica lástima que las lesiones no le respetaran un poco más (sólo jugó el 44% de partidos que podría haber disputado), porque a buen seguro habría estado al nivel de los más grandes. Y así lo reconoció la liga, nombrándole miembro del Hall of Fame en 1993 e incluyéndole entre los 50 mejores jugadores de la historia de la liga en 1997.
Una vez retirado, Walton se trató por fin de su problema de tartamudeo y, una vez solucionado éste, se dedicó a comentar partidos por televisión. Y la verdad es que hizo escuela gracias a su particular voz nasal y cavernosa y su curiosa forma de expresarse. Los medios, de los que tanto había renegado, le acogían ahora como uno más. Sus expresiones coloristas y desmesuradamente exageradas son famosas aún hoy en día. Walton llegó a tener incluso un efímero programa de televisión titulado Bill Walton’s Long Strange Trip, y es una de las personalidades deportivas más queridas del mundo del baloncesto norteamericano hoy en día. Tiene un hijo, Luke, que juega en Los Angeles Lakers, y al que habitualmente le hacen la broma de “¡Luke, yo soy tu padre! ¡Ven al lado oscuro!”, imitando a Bill y haciendo referencia a la preferencia que tiene éste en su corazón por los Celtics. De hecho, le pidieron a Walton que hiciera una predicción para la reciente final entre Boston Celtics y Los Angeles Lakers… y acertó de pleno, anunciando que los Celtics ganarían en seis partidos. Eso sí, no se sabe si se sintió especialmente orgulloso del rendimiento de su hijo en esa final.
Y antes de terminar, como siempre, algunos vídeos de Walton en acción, que nunca está de más. En especial recomiendo el primero, y también el último, narrado en castellano, en el que el propio Walton recuerda la ocasión en la que intentó taponar un lanzamiento con su zapatilla.









14 Julio, 2008 a las 11:20 am |
Espectacular!!
Todo un personaje, este Walton; ahora ya empiezo a entender esa buena consideración que tiene en la NBA pese a lo poco que jugó.
Disfruta de las vacaciones, que te las has ganado!!!
21 Julio, 2008 a las 6:37 pm |
Un gran personaje, sin duda. Alguien capaz de lanzar la zapatilla para poner un tapón es o un gran payaso o el tipo más competitivo del mundo… y yo me inclino por lo segundo.
En fin, voy a ver quién será la próxima “leyenda” (o “vergüenza”) del baloncesto… ¡Se aceptan sugerencias!
1 Septiembre, 2008 a las 11:03 pm |
[...] jugar sólo 52 partidos. (En cuanto a lesiones, la carrera de Dudley sería comparable a la de Bill Walton… pero por desgracia para él, sólo se parecerían en eso). Al año siguiente fue traspasado [...]